Al aire libre Fruta de temporada

Higo chumbo

El fruto de la chumbera, el cactus llegado de América y naturalizado que dibuja los bordes de caminos y secanos almerienses. Se come de julio a octubre, bien frío y con respeto a sus espinas.

Higo chumbo

El higo chumbo es la fruta que no se planta: se hereda con el paisaje. La chumbera — introducida desde América y naturalizada, no autóctona — bordea caminos, cierra corrales y sujeta taludes en toda la Almería seca; un estudio etnobotánico del Instituto de Estudios Almerienses la describe presente en casi toda la provincia salvo la alta montaña, con un calendario variable: los primeros frutos llegan antes junto al litoral y más tarde en el interior, con plena temporada de julio a octubre.

El fruto es ovalado y va del amarillo al rojizo, cubierto de gloquidios — agujas minúsculas que obligan a recogerlo y pelarlo con cuidado —; debajo espera una pulpa jugosa sembrada de pepitas duras. Y hay memoria local: un archivo sobre la agricultura ecológica del río Andarax recoge, a comienzos de los años 2000, una actividad en torno a un licor de chumbo en Alhama — un testimonio puntual, sin garantía de actividad actual.

Ese paisaje vive hoy un capítulo delicado: la cochinilla del carmín — el mismo insecto del que antaño se sacaba el tinte rojo — castiga las chumberas de la provincia, también en el entorno del Cabo de Gata. Cada bocado de higo chumbo sabe, un poco, a patrimonio que conviene cuidar.

Temporada

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de temporada Ahora

Tapias vivas en la Almería seca

La chumbera dibuja las lindes de la Almería seca: tapias vivas de palas carnosas, de un verde grisáceo, alzadas sobre el ocre del terreno. En verano, la corona de frutos — del amarillo al rojizo — enciende los bordes del paisaje; donde ha pasado la cochinilla quedan, en cambio, palas blanquecinas, la huella visible de un patrimonio en apuros.

Tapias vivas en la Almería seca

La cosecha sin labranza

Al chumbo no se le dedican labores: la chumbera, naturalizada, prospera sin riego en suelos que poca cosa más aceptan. El único trabajo de verdad es la recogida, fruto a fruto y con cuidado por los gloquidios; a él se suma hoy la vigilancia de la cochinilla, que obliga a atender unas plantas acostumbradas a cuidarse solas.

La cosecha sin labranza
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