La fuerza de la sangre y del suelo
En Almería, el flamenco no se aprende en los libros: se respira en el aire yodado de la Medina y se transmite de casa en casa en La Chanca, el barrio de casas cueva encaramado bajo la Alcazaba. Es uno de los hogares de los cantes de Levante, esos cantes de minas que crecieron a la sombra del plomo.
Lejos de los escenarios pensados para turistas, aquí el flamenco es seco, despojado. Una guitarra, una voz rota y el latido sordo de las palmas sobre la madera.
La Peña Flamenca El Taranto, fundada en 1963 e instalada en los aljibes de Jairán (Calle Tenor Iribarne, 20), es desde hace décadas un referente de esta pureza. Estos depósitos de agua del siglo XI, levantados por Jairán, primer rey de la taifa de Almería, hoy acogen bajo sus bóvedas el cante en lugar del agua.
El Legado de la Danza
Para quienes quieran sentir la vibración del suelo bajo sus propios pies, Almería conserva una vida flamenca muy activa. La Peña El Taranto organiza desde 1972 su Semana Flamenca, una cita que ha pasado por sus aljibes a buena parte de las grandes figuras del cante y el baile.
El flamenco no es solo una actuación: es un lenguaje del cuerpo que se cultiva con paciencia. Quien quiera aprenderlo encontrará en la ciudad academias donde el compás se trabaja paso a paso.
Escuela de Flamenco Chelo Ruiz
La referencia absoluta en Almería para el aprendizaje del flamenco puro. Una academia vibrante que forma a los talentos de mañana en el corazón de la ciudad.
📍 Calle Montenegro, 8, 04008 Almería
📞 +34 658 87 82 97
El flamenco de Almería se distingue por su sobriedad y su hondura. A diferencia de los estilos más festivos, aquí se privilegia el "quejío" profundo y el silencio dramático. Sus cantes nacieron en las minas de plomo de la provincia, entre la Sierra de Gádor y la cuenca de Cuevas del Almanzora, y de ahí su nombre de cantes de las minas.
Conviene distinguir dos hermanos. La taranta es un cante libre, sin compás fijo: no se baila, se escucha. El taranto, en cambio, tiene un compás de dos por cuatro y sí se baila. Esa versión bailable la fijó Carmen Amaya hacia los años cuarenta, y el cantaor Fosforito la popularizó desde los años cincuenta. Fue precisamente Fosforito quien aconsejó a la peña almeriense que tomara el nombre del cante de la tierra: El Taranto.
Las coplas hablan de lo que tenían cerca: el amor, el peligro del pozo, la dureza del trabajo bajo tierra. Hoy ese legado sigue vivo en los tablaos y peñas, donde cada taconazo suena como un eco de aquella historia.
«El flamenco es una filosofía, una manera de pensar y de sentir de todo un pueblo.»