Historia y origen
Sardinas a la plancha, piel viva y perfume directo de Mediterráneo
Las sardinas dan lo mejor de sí cuando están muy frescas y poco manipuladas. Asadas enteras o puestas sobre una plancha caliente, toman una piel plateada, dorada a trechos, que protege una carne grasa y jugosa. Sal gruesa, un hilo de aceite de oliva y, si acaso, un trozo de limón bastan; una marinada compleja borraría la nitidez buscada.
La sardina pertenece al patrimonio común de las costas mediterráneas y andaluzas. La guía oficial de la provincia de Almería cita las moragas, el pescado fresco y las migas acompañadas de sardinas entre los usos del litoral. Encaja pues con naturalidad en esta selección, aunque esa presencia no permita reivindicar un origen propio de Alhama.
Una precisión importa: el espeto, la caña de sardinas clavada junto a las brasas, es promovido por las fuentes turísticas oficiales como una firma de Málaga. Para una ficha almeriense titulada simplemente Sardinas, la plancha o la parrilla corriente es la representación más prudente; la moraga, cocción o comida colectiva en torno al pescado según los lugares, pediría también un desarrollo propio. Servidas calientes, se comen sin ceremonia — su estación, su tamaño y su grasa cambian el resultado, así que importa más la frescura que una fórmula única.